Música  clásica  turca                                              
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El Islam fue el crisol de un arte musical que se plasmó como fruto de una permanente
interacción entre árabes, persas, turcos e hindúes. Este abarca una extensa área de Asia
Occidental y el norte de Africa cuya cultura musical está dominada por los pueblos islámicos
arabófonos, persófonos y turcófonos y está integrada por un sistema único aunque
heterogéneo en el que están incluidas la música litúrgica, clásica, folklórica y moderna.
Los
pueblos de Afganistán, Pakistán, el Asia Central ex-soviética y el Cáucaso comparten
elementos de este sistema de modo periférico. La tradición musical del Islam se remonta a sus
orígenes abrahámicos y mosaicos.

La primera práctica musical del Islam
fue y es en la mezquita. Esta consiste en la llamada a la
oración a cargo del muecín, al que puede juzgarse por el impacto emocional de voz y su
fraseología musical. La segunda música fundamental del Islam en la mezquita es la lectura o
salmodia del Sagrado Corán, labor encomendada a un solista, el almocrí (del árabe muqri’)
que emplea una profusa ornamentación. Esta desarrolló la ‘ilm al-qira’a, «ciencia de la
recitación».

Al llegar la época de las traducciones grecolatinas, la tradición musical griega pasó a formar
parte de la civilización islámica. Lo que se imitó de la música helénica no se superpuso a los
parámetros propios, sino que sirvió para enriquecerlos. En esa época entró en el árabe la
palabra griega musiqí como musiqa. Los árabes preislámicos tenían un término genérico
denominado guiná para canción y música indistintamente.

En los primeros tiempos del Islam la música se consideraba como una rama de la filosofía y de
las matemáticas.
En este campo los creadores y teóricos eran los filósofos. Al-Kindí  fue el
primer gran teórico de la música Fue maestro tanto en la teoría como en la práctica., ya que
añadió una quinta cuerda al laúd (ud en árabe), con lo que se alcanzaba la doble octava sin
recurrir al cambio. Al usar la notación alfabética para una octava fue más lejos que los
músicos griegos.
Como médico, al-Kindí se dio cuenta del valor terapéutico de la música, ya
que, según una narración, trató de curar con ella a un muchacho paralítico,
tras haber sido
inútil la ciencia de todos los médicos ortodoxos. Sólo han sobrevivido cinco de sus quince
tratados sobre música, en uno de los cuales se emplea por primera vez la palabra musiqí, en
el título. El precedente creado por este filósofo-músico fue seguido por sus sucesores
intelectuales. Todos ellos se ocuparon de la música como rama de las matemáticas,
consideradas éstas como disciplina
filosófica.

El más famoso musicalmente fue
al-Farabí. Este eminente filósofo shií sobresalió tanto en la
teoría como en la práctica. Floreció en la brillante corte de Saif ud-Daula al-Hamdaní de
Alepo. Hay numerosas fuentes que aseguran que inventó el rabab (rabel) y el qanún (cítara
pulsada), aunque es muy posible que se limitara a mejorarlos. De su pluma salieron cinco
libros de música, uno de los cuales, Kitabu al-Musiqa al-Kabir
«El Gran Libro de la Música»,
es la obra teórica más importante acerca de la música en el Islam.  A partir de Pitágoras,
al-
Farabí desarrolló la parte eminentemente acústica y matemática, partiendo de la cuerda, y
una especulación cosmogónica que religa con otro hecho, esta vez una palabra, que luego
pasó a la España musulmana; el tarab (en árabe "arrebato", también "estado extático",
"embeleso místico"), que dio origen a la palabra «trovador»; tarab se empleaba en al-Andalus
para designar el cante.
Al-Farabí fue un profundo místico, y en el ritual de distintas cofradías
sufíes se cantan todavía algunas de sus composiciones.

El último gran teórico de la música en el Islam fue
Avicena. Este médico y filósofo inclusyó en
sus obras filosóficas, sobre todo al-Shifá ("La curación") y al-Naÿat ("La Salvación"), largos
capítulos sobre música. Su aportación radica en la detallada descripción de los instrumentos
usados entonces y en el tratamiento de puntos de teoría musical griega que no se han
conservado
. El sufismo o misticismo islámico fue el causante de que la música adquiriera
respetabilidad. Para los místicos musulmanes la música es un medio de lograr el estado
emocional, extático, que precede a la inspiración.
Un temprano asceta, el alquimista y místico
egipcio
Abul-Faid Dhu al-Nun al-Misrí (796-861), hizo una fina distinción para refutar los
argumentos de ciertos juristas ortodoxos contra la música: «Oir música ejerce un efecto divino
que mueve el corazón hacia Dios. Quien la escucha espiritualmente llega a El, pero quien la
escucha sensualmente cae en el pecado».

Pero sería un jurista de la talla de
Abu Hamid Ibn Muhammad al-Gazalí (1058-1111),
conocido en la Europa medieval como
Algacel, a quien se debe acreditar el mérito de
reivindicar la música en el Islam por sus convincentes argumentos en favor de ese arte
universal. En su discusión sobre la música y el éxtasis da seis razones para considerar el
canto como fuerza más potente para producir el éxtasis. Al-Gazalí, nacido en Gazal, Jorasán
(Irán), no se limitó a permitir el canto y la música sino también la danza, tras afirmar que todos
son medios de intensificar el sentimiento religioso. Al-Gazalí consagró el octavo libro de su
obra Ihiá ‘Ulum al-Din «La vivificación de las ciencias de la fe», llamado Kitab adab al-samá ua
al-uaÿd, al buen uso de la música y del canto en la vida espiritual. En este trabajo realizado a
los comienzos del siglo XII, habla de
la música en cuanto a vehículo para alcanzar la Unión
mística con Dios
. Hace una distinción entre la percepción sensual de la música y la espiritual.
En esta obra, el místico persa prolonga las tesis del libro de al-Muhasibí al-Anazí (781-857),
Kitab ar-Ri’aia li-huquq Allah ua-l-qiyam biha (traducido al inglés por Margaret Smith con el
título: An early mystic of Bagdad: A study of the life and teachings of Harith Ibn Asad al-
Muhasibi, Shelder Press, Londres, 1935).

Gracias a los esfuerzos del moralista, filósofo y teólogo
Rumí la música se fijó como rasgo
constitutivo de los rituales de las cofradías místicas musulmanas, como es el caso de los
mevlevíes, la cofradía sufí de derviches, fundada en Konia (hoy Turquía) por el poeta persa

Ÿalaluddín ar-Rumí
. Los mevlevíes (de la voz árabe maulana, mevlana en turco, "nuestro
maestro", sobrenombre de ar-Rumí), alcanzan el éxtasis místico (uaÿd) en virtud de la danza
(samá’), símbolo del baile de los planetas.
Los derviches (del persa darwish: "visitador de
puertas") mevlevíes giran sobre sí mismo hasta conseguir el éxtasis. La danza es
acompañada de flautas, atabales, tamboriles, esa especie de violines llamados kamanché, y
laúdes de mástil largo como el saz turco.
Esta tradición musical se desarrolló a través de la
ceremonia maulawiyya llamada Ain Sharif, que ha tenido compositores famosos como Mustafá
Dede (1610-1675, Mustafá Itri (1640-1711), o el derviche Alí Siraÿaní (m. 1714).
Otro característica del misticismo islámico es el
dhikr ("recuerdo, memoria, invocación de los
nombres de Dios").
El dhikr es la repetición de alguna palabra laudatoria en exaltación de
Dios acompañada o no de movimientos rítmicos, música y danza.

Otros tratados importantes sobre la música elaborados por estudiosos musulmanes son los
de
Iahia al-Munaÿÿin al-Bagdadí (856-912), autor de un Risala fi l-musiqui (Ed. Z. Yusuf, El
Cairo, 1964),
Abu al-Faraÿ al-Isfahaní (897-967), con su monumental «Libro de las
canciones» (Kitab al-Agani) en 21 tomos, Ibn Zaila (m. 1048), Safiuddín (m. 1294), Qutb al-Din
al-Shirazí (1236-1311), teórico persa que compuso Durrat al-Taÿ (Perla de la Corona), Abd al-
Qadir (m. 1435) y al-Ladiqí (siglo XVI). Para una detallada relación, véase Amnon Shiloah:
Music in the World of Islam, Scolar P., Aldershot, 1995; The Theory of Music in Arabic writings
c. 900-1900, Henle, Munich, 1979.

La civilización islámica conoció su apogeo a fines del siglo X, momento en que se integraron
artistas, talentos y tradiciones de todo el mundo musulmán, sin distinción de origen étnico o
de religión: árabes, iranios, turcos, musulmanes, judíos, cristianos e hindúes. Los buÿíes y
fatimíes en el Oriente, y los andalusíes de Córdoba en Occidente hicieron del Dar al-Islam un
verdadero paraíso terrenal.
Eran los tiempos en que en un extremo enseñaba Avicena, e Ibn
Hazm en el otro. Fue también la época en que los diversos estilos musicales y sus respectivos
criterios estéticos se establecieron con precisión  - intervalos, figuras melódicas y rítmicas - , y
en que el músico debía improvisar y generar un «arrebato» (tarab) entre sus oyentes,
adecuándose a la tradición de la poesía cantada.

La destrucción del califato de Bagdad en 1258 por los mongoles rompió esta cohesión
artística y apañó la gestación de elementos reaccionarios como Ibn Taimiyya (1263-1338) que
cercenaron las iniciativas y creaciones intelectuales, sepultando el acervo cultural de la Edad
de Oro del Islam. Aislado del Próximo Oriente árabe, Irán abandonó el laúd (ud) y configuró su
propia música de acuerdo con un legado multisecular y utilizando instrumentos puramente
iranios como el tar, el setar, el santur y el kamanché.

«Extasis es el estado que sobreviene cuando se oye la música»
(Kitab adab al-sama ua al uaÿd).             
 
Al-Gazalí (1058-1111)



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